Después de una noche de borrachera llegué a casa, subí sigilosamente las escaleras para dirigirme a la habitación del tercer piso, donde no precisamente llegaba a apropiadas horas. Abrí efusivamente la puerta y coloqué mi bolso sobre el escritorio lleno de libros desacomodados, me quité las botas y las aventé por algún rincón sin pensarlo si quiera, busqué dentro de mi armario una cajetilla de cigarros y un encendedor, entonces fui a la azotea para así fumar deliciosa nicotina a la luz de la luna. El viento acariciaba mi rostro, de pronto sentí miedo, mi pulso comenzó a acelerarse, cerré los ojos para relajarme un poco y de golpe su recuerdo se apoderó de mi mente. El humo adornaba la velada. No había luz. Podía casi percibir su aroma y sentir sus labios otra vez. Tocar su cabello suave con mis dedos. Su presencia iluminaba cualquier lugar. Yo lo sabía. Sabía que lo que acababa de presenciar era infinitamente divino. Terminé el cigarrillo y me apresuré para adentrarme en la recámara donde me despojé de mi ropa, me puse una camisa grande para no tener frío y dormí con una sensación de profunda paz y ensoñación.
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