Acostado en la cama de la habitación, leyendo mi mente, ¡cuán penetrante era su mirada! Pues había en ella misterio y profundidad. Embriagante atmósfera la que creábamos cada vez que allí crepitaba una caricia, me llevaba al éxtasis turbando la paz de mi universo. Ese mundo esplendoroso casi alquímico, lleno de piedras preciosas, aroma a cedro y jazmín. Solo resplandecíamos cuando unidos nos resignábamos a morir.
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